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La página en blanco

Hola! recuerda que aquí estas en la sección de poesía, donde si lo permites, entrarás a esa parte de ti que simplemente quiere expresar, sin tanta lógica.

Te voy a llevar a viajar en esta analogía... como aquellos viajes que a mi me gustan: profundos, pero de toque suave. En esos que te llevan como si por un rio fueras. Donde empiezas a leer y casi sin darte cuenta, ya te quedan las últimas palabras del último párrafo.


Y es que cada vez que me sitúo ante una página en blanco, es como si miles de palabras viniesen a mi mente esperando su turno para ser expresadas. Como si sacaran boleto para esperar en la fila. Como si pelearan por un espacio para ser escuchadas.


Cada una quiere contar algo. Cada una trae una historia. La ansiedad se escapa de mis manos. ¿A cuál le doy espacio primero?, ¿Cuál se ha sacrificado más?, ¿Cuál ha dado lo suficiente como para ser digna de ser expresada?


Mis pequeñas palabras que tanto hablan y tanto callan. Que esperan pacientes, calladitas, en filita, que alguien venga a


salvarles la vida.


Porque sí que esperamos. Esperamos ser dignos. Esperamos ser escuchados. Y muchas veces nos perdemos en la espera. Perdemos la oportunidad de vivir nuestra propia vida, esperando ser lo suficientemente buenos para ser validados por otros. Creemos que el esfuerzo es la clave del éxito. Y que mientras más nos esforcemos, más nos acercamos a ese estado pleno.


Y por un segundo, se nos olvidó el significado de la palabra que traíamos. La palabra Amor se confundió, creyendo que para encontrarlo debía poseer a otro. Y la palabra Estabilidad creyó que para ser estable tenía que aparentar estar bien todo el tiempo. La palabra Espiritualidad creyó que mientras más se alejaba de otros, más fel


iz sería. Y la palabra Belleza creyó que con una cara bonita podría conquistar al mundo.

Lo que no sabían las palabras es que sin duda alguna iban a ser expresadas. No era necesario que alguien las escribiera para ser escuchadas. Poco a poco comenzaron a mirarse entre ellas y reconocer que a pesar de que todas eran diferentes, había algo que las unía. Esta necesidad de comunicar lo que había en su interior, pero no para impresionar a otros, sino para expresarse a sí mismas. Para conocerse a sí mismas y el valor que llevaban dentro. Había algo que las unía más allá de la apariencia. Había un tipo de comunicación que no se transmitía con la lengua. Pero que, en el fondo de su corazón, sabían que existía.


Y así fue como comenzaron a observarse. Se observaron hacia dentro y luego hacia fuera. Y comenzaron a trabajar en conjunto. Y crearon frases, párrafos y poemas. Crearon mantras, cuentos, mitos y enciclopedias. Crearon su propio lenguaje.


Y cuando les tocaba


su turno en la fila, casi ya habían olvidado por completo porque ahí estaban. Se miraron unas a otras, encontrando alguna respuesta o dirección. ¿Cómo iban a encajar ahora en una hoja en blanco después de las maravillas que habían creado? Y así fue como, de forma casi unánime, decidieron dejar la página en blanco. Ya no tenían la necesidad de ser validados por otros, de demostrar a otros. Era suficiente con el valor que ya se habían entregado.


Y con una página en blanco, nació el Silencio.


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